´Wit´
Donne y la muerte
Una reflexión a propósito de la obra de Margaret Edson
que ahora se presenta en Madrid
Texto lúcido y mordaz sobre una enferma de cáncer irreversible
MARGARITA BOLADERAS - 22/02/2006
"La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado
a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién
doblan las campanas: doblan por ti." Éste es el pensamiento
que Ernest Hemingway toma de John Donne para su novela Por quién
doblan las campanas. Tres siglos separan a ambos autores, pero les
une su fuerza expresiva. su genialidad para hablarnos de lo inefable
de la muerte, del amor y de las tensiones del ser humano con su entorno
(personas y naturaleza). John Donne (1572-1631) es el más importante
de los poetas ingleses llamados metafísicos y ya entonces escribió
que "pueden amar los pobres, los locos y hasta los falsos, pero
no los hombres ocupados".
Este autor, nacido en una familia católica emparentada con
la del célebre Tomás Moro, se convirtió al protestantismo
y se ordenó pastor de la iglesia anglicana. Su boda secreta
(1601) con la sobrina de sir Thomas Egerton, del que era secretario,
le valió el despido y la marginación durante algunos
años, hasta que en 1608 se reconcilió con su suegro
y volvió a prosperar socialmente. Fue nombrado capellán
real por Jacobo I (1615) y llegó a ser deán de la catedral
de San Pablo (1621). Esta trayectoria determinó que gran parte
de su obra no se publicara hasta después de su muerte. Además
de sus poemas hay que destacar dos libros en prosa sobre la muerte:
Biathanatos (1608) y Devociones para ocasiones emergentes (1624),
un texto que escribió mientras convalecía de una grave
enfermedad y que trata de la muerte y las relaciones humanas. Biathanatos
no salió a la luz hasta 1644. El título significa muerte
violenta y se refiere al homicidio de sí mismo (el término
suicidio no existía aún, fue acuñado por sir
Thomas Browne en su Religio medici -La religión de un médico-,
escrito en 1636 y publicado en 1642). En su ensayo Donne ataca las
tesis que condenan el suicidio como uno de los mayores pecados contra
las leyes de Dios, la razón y la naturaleza, y se inscribe
en la línea de pensamiento que va de Francis Bacon a Hume,
reivindicativa de una comprensión humana de ciertas situaciones
límite, más allá de los dogmas y prejuicios.
Donne es el más radical de todos ellos porque argumenta de
forma extensa y minuciosa para desarticular los postulados teológicos
mantenidos durante siglos.
Un soneto de Donne se repite en la obra de teatro de Margaret Edson,
Wit: "Muerte no te enorgullezcas, aunque algunos te llamen poderosa
y terrible, puesto que nada de eso eres..." Wit, que puede traducirse
por ingenio o agudeza, ganó, entre otros, el premio Pulitzer
en 1999 y se ha representado en escenarios de diferentes países
con gran éxito, lo que impulsó una versión cinematográfica
para la televisión a cargo del director Mike Nichols y Emma
Thompson en el papel protagonista (2001) e incluso ha inspirado una
ópera de cámara que lleva el título de Vita,
con música de Marco Tutino (2003). En España la versión
teatral del director Lluís Pasqual ha recorrido varias ciudades
con la actriz Rosa Maria Sardà como la profesora Vivian Bearing,
de la que hace una interpretación tan extraordinaria que le
valió el premio Max de las artes escénicas 2005.
Margaret Edson (Washington, 1961) nos ofrece un texto lúcido,
irónico y mordaz sobre la situación irreversible de
una enferma de cáncer ovárico, Vivian Bearing, una profesora
que ha dedicado su vida al conocimiento de uno de los poetas más
difíciles y que mejor ha escrito sobre el amor (Donne). Ha
vivido y ha ejercido su profesión con rigor filológico,
y ahora se enfrenta al trato de expertos médicos que manipulan
su cuerpo sin ver ni atender al espíritu singular de su persona,
ignorando incluso sus quejas de dolor. Sus reflexiones sobre la muerte
y sobre la vida suscitan sensaciones inolvidables para el espectador,
porque el verdadero argumento trata de la capacidad o incapacidad
de crear vínculos entre las personas, el amor vivido frente
a la mera conceptualización del amor, el cuidado integral frente
a la intervención puntual deshumanizada, la experiencia de
sentirse vivo, de sustraerse a la instrumentalización de los
otros y poder ser uno mismo en cualquier circunstancia, a pesar de
la fragilidad, de la insoslayable dependencia y del cerco implacable
de la muerte.
Los autores de la versión operística tienen razón
la llamarla Vida, no sólo por Vivian, sino porque el impulso
que suscita la obra es el de vivir, vivir a fondo con los otros y
con uno mismo, rompiendo con los laberintos del intelecto que nos
vuelven ciegos a los colores de la naturaleza y al fuego interno del
espíritu humano. Como escribe Donne: "Nadie es una isla,
completo en sí mismo; cada hombre es una parte del continente,
una parte de la tierra".