Morir bien no siempre es barato
RAMON BAYÉS
EL PAÍS - 18-04-2006
Con sufrimiento he visto.
Ya no recuerdo el mar. /
El último surco recorro;
luego el desierto vendrá.
Salvador Espriu
El triste episodio de las sedaciones terminales en el Hospital
de Leganés en el primer semestre de 2005 pareció
despertar a la opinión pública española sobre
el tema de la muerte; por unos días, los políticos
se removieron inquietos en sus asientos y, tras prestar nerviosa
atención a los lejanos ecos de la vieja campana hospitalaria,
analizaron, brevemente, el voto olvidado de los cementerios envueltos
en niebla.
¿Qué ha pasado con nuestra opinión pública
al cabo de un año? ¿Permanece todavía vigilante
o se ha sumergido otra vez en el cómodo sopor del centro
comercial más cercano? ¿Serán tal vez necesarios
nuevos y reiterados toques de atención para que despierte
a la realidad de la vida ciudadana, como los que precisa Hugh
Grant en Cuatro bodas y un funeral? ¿Acaso los seres humanos
que configuran nuestra opinión pública no son todavía
conscientes de que no sólo mueren los otros, sino que,
aunque parezca imposible, tú, lector; quien está
escribiendo estas líneas, y, más increíble
todavía, los políticos que nos observan a los demás
mortales desde su elevada nube de poder, algún día
recorreremos el último tramo del camino y tal vez tengamos
que hacerlo en el servicio de urgencias de algún hospital
un fin de semana?
No sólo somos espectadores de las películas de
los demás; también somos protagonistas de nuestra
propia película. Y ninguna de ellas es eterna; todas tienen
un The end. También la nuestra. Que sea, o no, un final
feliz, o más o menos digno, depende, por lo menos en parte,
de nuestra conducta presente como contribuyentes y votantes susceptibles
de influir en los políticos, muchos de los cuales suelen
andar casi siempre distraídos buscando la fórmula
mágica que les haga ganar algunos puntos en los próximos
sondeos de opinión. Tenemos por delante dos importantes
tareas: despertarnos a nosotros y despertarlos a ellos. Hay que
recordarles, tantas veces como sea necesario, que las películas
de sus vidas también tienen un The end; que los espectadores
abandonarán el cine; que un día se apagarán
las luces y que la sala quedará vacía y fría.
Mientras el lector se adentra en la lectura del presente artículo,
120.000 personas están encarando en España una muerte
inminente (EL PAÍS, 30/5/05) y, con ellas, varios centenares
de miles de familiares que acudirán a las urnas en los
próximos comicios. Al margen de la política, lo
cierto es que el proceso de morir -y no sólo el momento
de la muerte- constituye una etapa de enorme trascendencia en
la vida de cualquier ser humano. Tendríamos también
que considerar -tanto nosotros como los políticos- que
la futura ley sobre la eutanasia y el suicidio asistido, aunque
probablemente necesaria, no va a solucionar el problema de la
gran mayoría de estos miles de personas que se acercan
-que nos acercamos- constantemente, día tras día,
al final de la vida. No debería olvidarse que en el Estado
de Oregón, por ejemplo, en el que el suicidio asistido
se encuentra despenalizado desde 1997, de 29.000 personas que
mueren anualmente, sólo entre 25 y 40 de ellas lo hacen
por suicidio asistido.
De hecho, no deja de ser curioso que, tanto en España
como en otros países del mundo occidental, a pesar de la
injusticia que supone la tremenda desigualdad de medios con la
que los integrantes de una misma comunidad humana se acercan al
final de su existencia, el problema ético que se plantea
siempre con mayor facilidad en los foros públicos, no es
el de cuidados paliativos de calidad para todos, sino el del viejo
debate intelectual entre el punto de vista de los estoicos -con
Séneca al frente- de la responsabilidad individual de buscar
una buena muerte cuando la vida ya no merezca ser vivida, y la
opinión teísta de que es pecado asumir control sobre
la propia muerte ya que quitar la vida sólo es potestad
de su creador, es decir, de Dios.
En los últimos años, tanto el llamado informe Hastings
(1996) como la Guía de Práctica Clínica para
unos Cuidados Paliativos de Calidad (2004) -consensuada por las
principales instituciones que se dedican en Estados Unidos a los
cuidados paliativos- nos señalan los factores susceptibles
de facilitar o dificultar una buena muerte. Es interesante subrayar
que lo mismo en estos documentos que en los informes del prestigioso
IOM (Instituto de Medicina de Estados Unidos), se pone un notable
énfasis en la importancia de la atención a los aspectos
subjetivos a lo largo del proceso de morir.
Es preciso reclamar con urgencia a los políticos una priorización
de recursos que permita unos cuidados paliativos de calidad asequibles
a todos los ciudadanos, en el caso de que los mismos sean necesarios.
Se requiere tiempo para atender a las personas en la última
etapa de la vida, tiempo de familiares y amigos; pero tiempo también
de equipos interdisciplinares de primer nivel, sensibles, empáticos,
bien conjuntados, estables, expertos en el control de síntomas
somáticos pero también en estrategias de comunicación,
en evaluación y prevención de factores refractarios
como la angustia de difícil manejo, en detección
precoz de duelos complicados, en evaluación y tratamiento
de estados ansiosos o depresivos, en prevención del cansancio
y desmoralización de los propios profesionales sanitarios.
Y esto no es barato. No puede llevarse a cabo una actuación
de excelencia al final de la vida, con presión asistencial
sobre los médicos, rotación constante de personal
de enfermería, y equipos carentes -sea a jornada total
o parcial- de trabajador social y de psicólogo.
David Callahan, desde el privilegiado observatorio del New England
Journal of Medicine, al colocar, al mismo nivel de importancia,
como objetivos para la medicina del siglo XXI: a) la prevención
y curación de enfermedades; y b) conseguir que las personas
mueran en paz; nos muestra el camino, con sencillez y claridad
de futuro. Hora es ya de que nuestra opinión pública
se movilice y exija, como una decisión de justicia, la
priorización económica no sólo del primero
sino de ambos objetivos sanitarios. El proceso de morir debería
igualar, en calidad de cuidados paliativos, a los individuos de
todas las autonomías, con independencia de que sean madrileños,
vascos, andaluces, extremeños, canarios, catalanes o inmigrantes.