FILOSOFÍA
JÜRGEN HABERMAS
INVESTIGACIÓN BIOÉTICA

FILOSOFÍA


EL HUÉSPED DEL FUTURO

A finales de 1945 ocurrió en Leningrado, uno de los más extraordinarios encuentros literarios del siglo veinte. Los protagonistas fueron Isaías Berlin, primer secretario de la embajada británica en Moscú, y la extraordinaria Anna Ajmátova, veinte años mayor que aquél.

MARIO VARGAS LLOSA
Artículo publicado en El País: 18/12/05


El 20 de noviembre de 1945 tuvo lugar, en la entonces llamada Leningrado, uno de los más extraordinarios encuentros literarios del siglo veinte. Los protagonistas fueron Isaías Berlin, de 35 años, primer secretario de la embajada británica en Moscú, y Anna Ajmátova, considerada entonces de manera unánime el poeta vivo más importante de la lengua rusa, veinte años mayor que aquél.

Isaías Berlin, nacido en Riga, Letonia, en 1909, cuya lengua materna era el ruso, había pasado sus doce primeros años en Rusia, y, en Oxford, se había especializado, además de filosofía, en estudios literarios e históricos eslavos. Esta era la razón por la que el Foreign Office lo había arrebatado temporalmente a sus tareas académicas en la antigua universidad inglesa donde, pese a su juventud, había alcanzado ya un sólido prestigio, y enviado a Moscú. Enterado de que en la antigua San Petesburgo había muchos anticuarios de libros, Isaías Berlin obtuvo un permiso de las autoridades soviéticas para visitar la ciudad, donde había pasado cuatro años de su infancia.

Estaba allí desde la víspera, alojado en el Hotel Astoria. Esa mañana, en la primera librería que visitó, supo, por un cliente que hojeaba libros viejos como él, que la gran Anna Ajmátova, de la que nadie sabía nada en el Oeste, no sólo estaba viva, sino residiendo muy cerca de allí, en un departamentito espartano de la Perspectiva Nevsky. Al ver la maravilla en el rostro de Berlin, el desconocido se ofreció a gestionarle una cita. Y lo hizo, de inmediato.

El encuentro tuvo dos partes. La primera, al comienzo de la tarde, que fue interrumpida por los inesperados chillidos callejeros del periodista Randolph Churchill (hijo del primer ministro inglés), quien, recién llegado a Leningrado y al Hotel Astoria, acababa de enterarse que su antiguo compañero de universidad, Berlin, a quien no veía hacía muchos años, estaba en la ciudad, en aquel edificio, y lo llamaba a gritos. Isaías Berlin debió bajar, zafarse de él como pudo y excusarse con la Ajmátova, la que le dio una nueva cita para las nueve de la noche. Es posible que las trágicas consecuencias políticas que tuvo para ella el encuentro de aquel día, se vieran considerablemente agravadas por esa ruidosa irrupción del imprudente hijo de Winston Churchill.

La segunda parte del encuentro comenzó al oscurecer, en el desangelado piso de la Ajmátova, el que sin embargo lucía en las paredes el retrato que Modigliani había hecho de Anna en París muchos años atrás, y terminó unas doce horas después, a la mañana siguiente, cuando el joven intelectual regresó al Hotel Astoria, en estado de ebullición, exclamando: “¡Estoy enamorado, enamorado!”

Han corrido ríos de tinta sobre lo que ocurrió en el curso de aquella larga noche en la diminuta vivienda del desvencijado palacio barroco de los Sheremetevs donde vivía Anna Ajmátova. El testimonio de los dos protagonistas es incompleto y evasivo, lo que ha contribuido a cargarlo de misterio y a atizar las más fantasiosas hipótesis. Está descartado que hicieran el amor, pero no que un fuerte sentimiento, acaso una verdadera pasión, surgiera entre ambos y que dejara una huella profunda en sus vidas. Quien parece haberse acercado más a dar una descripción detallada de aquella noche es György Dalos, un escritor húngaro de lengua alemana que ha dedicado todo un libro al asunto y que se ha publicado también en inglés: The Guest from the Future (El huésped del futuro). El título viene de la manera críptica como Anna Ajmátova llama a Isaías Berlin en los poemas que escribió refiriéndose a aquel encuentro y que forman parte de su poemario Cinque.

En algún momento de la noche apareció en la habitación donde la pareja conversaba, Lev Gumilyov, el hijo de la Ajmátova, y ofreció a Berlin un bocado de papas hervidas, lo único que se comió en esa dilatada conversación. Anna y su hijo (salido no hacía mucho de un campo de concentración y que, a causa de aquella noche, volvería pronto allí) vivían con total austeridad, por la situación precaria en que había dejado a la Unión Soviética la guerra recién acabada, y por la situación de semi desgracia en que la poeta se encontraba (ella no admitía que la llamaran poetisa). Su gran prestigio era anterior a la revolución y había crecido en los primeros años de ésta, pero, desde las grandes purgas de intelectuales de los años treinta, era tolerada sólo a medias, publicada a cuentagotas y severamente censurada. Pese a ello su popularidad era inmensa; sus poemas circulaban en hojas sueltas y eran copiados y aprendidos de memoria por millones de personas. Su primer marido, el padre de Lev, había sido ejecutado por Stalin acusado de conspirar contra el régimen soviético.

Otra cosa segura es que a lo largo de la noche corrieron abundantes lágrimas. Ella lloró recitando sus poemas y hablando de Pushkin, de Dostoyevski, de Kafka y otros escritores amados, y también, cuando, abriendo progresivamente sus recuerdos, desplegó ante un Isaías Berlin en estado de trance, su infancia, su adolescencia, la desaparecida sociedad en la que creció y los padecimientos en que estaba sumida desde hacía tantos años. En el ensayo en que evoca aquella noche, en Personal Impressions, Isaías Berlin confiesa que, él también —algo insólito en quien era la reserva personificada—, volcó su intimidad más recóndita ante la Ajmátova como no lo había hecho nunca antes ni lo haría después. No sólo el genio literario de su interlocutora deslumbró a Berlin.

También la extraordinaria personalidad de esa mujer en la que una delicadeza exquisita, muy femenina, coexistía con una firmeza de acero para resistir el sufrimiento y no quebrarse a pesar de estar perfectamente consciente de que, en el país en el que vivía y al que, pese a todo, amaba sobre todas las cosas y del que había decidido no apartarse jamás, no habría ya nunca para ella paz ni seguridad.

¿Qué hechizó a la Ajamátova de Isaías Berlin? Ante todo, el ruso que hablaba, tan refinado y tan culto, tan tradicional, y su conocimiento exhaustivo de libros, escritores y poemas que la nueva sociedad soviética había ya enterrado como antiguallas burguesas despreciables. Lo bien que conocía la obra de ella misma y la devoción que le mostraba. Y el hecho de que viniera de una Europa occidental a la que, según el testimonio del mismo Berlin, todos los intelectuales soviéticos, aquejados de claustrofobia por el encierro forzoso y por la censura que los incomunicaba de sus colegas occidentales, idealizaban de una manera a la vez ingenua y grandiosa.

¿Hubo promesas recíprocas, algún proyecto a largo plazo que enredara ambas vidas de manera permanente? Los indicios son que sí los hubo y que, al menos la Ajmátova, pensó que aquella noche iniciaba una larga e intensa relación.

Pero las cosas no ocurren siempre en este mundo como quisieran los poetas, y menos en los dominios de Stalin. Éste, que recibió pronto informes detallados de aquel largo encuentro, le comentó poco después al célebre Zhdanov, el comisario para asuntos culturales de la Unión Soviética: “O sea que ahora la monjita frecuenta a espías británicos, qué te parece”. El seudónimo de “monjita” se lo habían puesto los comunistas aludiendo a la espiritualidad y a la atmósfera religiosa de parte de su poesía. Después de aquello, la suerte de Anna Ajmátova quedó sellada.

Las autoridades soviéticas prohibieron en los próximos quince años que se publicara un solo libro suyo y le cerraron el acceso a todas las revistas literarias. Nunca más se la autorizó a dar recitales. Se publicaron algunas traducciones hechas por ella, pero borrando su nombre. Su hijo Lev fue encarcelado de nuevo y sepultado en el Gulag siberiano por trece años.

Todavía peor fue la campaña de descrédito lanzada contra ella por el Partido Comunista de la Unión Soviética y que duró años. Comenzó con una resolución del Comité Central, presentada por el comisario Andrey Zhdanov, en que llamaba a Anna Ajmátova “puta y monja” y la acusaba de deslealtad, oscurantismo y traición a los ideales soviéticos. György Dalos ha rastreado la miríada de insultos, abominaciones, fulminaciones y diatribas que inmediatamente después estallaron contra la Ajmátova a lo largo y a lo ancho de la Unión Soviética, firmados por la infame turba de los poetastros serviles y los intelectuales baratos. ¿Cómo pudo soportar esos años de soledad, terror, amenazas, injurias, esa mujer apestada? Por ese temple de acero que, según Isaías Berlin, se transparentaba en ella bajo sus maneras corteses y elegantes.

Lo más notable es que, en esos años, tuviera incluso el ánimo de escribir de memoria —a fin de que no quedara huella escrita que pudiera caer en manos de la KGB— los versos de Reunión, el poema que, según dijo Joseph Brodsky (discípulo de la Ajmátova) pasaría a ser con los años uno de los más admirables testimonios de la resistencia espiritual y poética contra la tiranía estalinista.

De regreso en Gran Bretaña, Isaías Berlin intentó durante años, de manera infructuosa, retomar el contacto con Anna. A sus pedidos de que hiciera averiguaciones sobre su paradero, la embajada británica en Moscú respondía que, precisamente por la difícil situación en que la escritora se encontraba, era preferible no intentar siquiera comunicarse con ella. Once años después de aquel encuentro —“el más importante de mi vida”, escribiría Berlin— en 1956, el intelectual británico regresó a Moscú, y, a través de su amigo Boris Pasternak, intentó ver a Anna Ajmátova. Ésta le rogó que no la visitara y sólo accedió a que la llamara por teléfono, de modo que los espías del régimen comprobaran que en ese diálogo no había nada que pusiera en peligro la seguridad del proletariado soviético.

Todavía se vieron una vez más, en Oxford, luego del momentáneo deshielo de los sesenta. En 1965, Isaías Berlin y otros profesores gestionaron un doctorado honorario en Oxford para la gran poetisa, a la que las autoridades de Moscú permitieron viajar a Inglaterra. El reencuentro, cuatro lustros después de la noche en Leningrado, fue frío y, al parecer, muy doloroso para Anna Ajmátova. Ésta, al echar un vistazo a la suntuosa residencia donde vivía Isaías Berlin con su mujer Aline —una francesa de fortuna—, Headington House, comentó con ironía: “Así que el pajarito ha sido encarcelado en una jaula de oro”.