Ursula Wolf
Catedrática de Filosofía
UNIVERSIDAD DE MANNHEIM
Virtud y felicidad. ¿Qué tienen que decirnos
aún hoy Platón y Aristóteles?
Desde hace algún tiempo es nuevamente común en
la filosofía sostener posiciones éticas relacionadas
con la virtud. La palabra "virtud" es usada en el debate
teórico de la moral simplemente como equivalente de aquello
que los griegos llamaban una arete etike. En alemán, en
el lenguaje cotidiano se evita más bien el uso de la palabra
Tugend (no sé si es lo mismo con la palabra "virtud"
en Español), que suena en este caso anticuada y conservadora.
Esto puede deberse al hecho de que hoy en día se asocian
con esta palabra ante todo las virtudes que en alemán se
llaman secundarias, i.e. formales, como disciplina, obediencia
o aplicación. Como formales, estas virtudes pueden ser
asociadas con cualquier contenido y tienden, de esta manera, a
hacerse independientes.
Un segundo grupo de disposiciones en el que se piensa con la
palabra "virtud", tiene sentido en cuanto a su contenido;
a estas llamadas virtudes primarias, i.e. sustanciales, pertenecen
virtudes morales como la justicia, el altruismo etc. Precisamente
estas virtudes muestran una fuerte relatividad. Mientras la moral
cristiana, por ejemplo, recomienda virtudes como la benignidad
y la humildad, es para Aristóteles una virtud evidente
del hombre libre, defender su honor y mostrar orgullo. Pero incluso
una virtud como la de la justicia, que es central en muchas culturas,
puede mostrar una gran variedad de interpretaciones: en qué
consiste un actuar justo, ha sido entendido en distintas sociedades
de diversas formas, y también actualmente, al interior
de nuestra sociedad es entendido de formas distintas.
Tanto en las virtudes secundarias como en las primarias puede
existir un abismo entre las exigencias de la virtud y los deseos
individuales. Allí donde simplemente se les enseña
a los niños a obedecer las ordenes de los padres y maestros,
sin fundamentarlas, donde son exhortados a estudiar juiciosamente,
sin que les sea aclarado el sentido y el valor de lo que aprenden,
allí serán siempre estas virtudes algo externo a
ellos. Pero también en el caso de las virtudes morales,
podría limitarse la socialización sólo a
la indicación, de que la justicia es entendida por nosotros
de este o este modo y que por lo tanto se debería actuar
de acuerdo a ello. Para que las virtudes primarias y secundarias
no sean para el individuo sólo algo externo, tendría
que aclararse o fundamentarse, por qué tiene sentido para
la persona poseer y practicar determinadas virtudes. Pero en la
mayoría de los casos no se hace esto, sino que se intenta
fundamentar reglas o normas de acción. Y así se
presentan dudas sobre el concepto de virtud en otro sentido, pues
las virtudes no serían en este caso más que disposiciones
a atenerse a determinadas normas.
No sólo el poseer virtudes parece algo externo y para
individuos autónomos no deseable; también todo el
discurso sobre la virtud parece superfluo. En las observaciones
hasta ahora presentadas se encuentran diversos problemas que tenemos
que distinguir desde el comienzo. En la teoría moral se
pueden distinguir en principio tres preguntas (por supuesto son
posibles otras distinciones desde otras perspectivas de pregunta):
En primer lugar: ¿qué es moral o qué es
una moral? Esta es la pregunta que hace unos decenios se ha caracterizado
como metaética y es una pregunta conceptual. La primera
pregunta para nuestro tema es, si necesitamos el concepto de virtud
en el contexto más amplio del discurso de las acciones
humanas, de los motivos, de la moral, etc. o si este concepto
es superfluo. Esta es una pregunta de la teoría de la acción,
que requiere una aclaración del mencionado concepto o campo
de comprensión.
En segundo lugar está la pregunta por el contenido moral
correcto, esto es, la pregunta por cuál es el punto de
vista moral concreto más apropiado. En relación
con la virtud, esto concierne a la pregunta por qué virtudes
se deberían poseer, si las conocidas virtudes de la tradición
son todavía justificables o si se deben pensar virtudes
que el individuo autónomo pueda afirmar como parte de su
personalidad.
En tercer lugar está la pregunta ¿por qué
deberíamos actuar según la concepción correcta
de la moral, qué nos motiva a realizar las acciones debidas?
Las virtudes parecen desempeñar una función en este
contexto motivacional y parecen aclarar la realización
de las acciones morales. Sin embargo, la otra pregunta permanece,
a saber ¿por qué puede ser deseable para los individuos
poseer virtudes?
1. Sobre el concepto de virtud.
Lo que hoy en día a mucha gente le parece chocante es
en realidad la palabra "virtud" (o, en todo caso, la
palabra "Tugend"), y esto se debe a la historia de la
palabra, que ha llevado a que hoy se asocien con ella por lo general
las virtudes formales. No obstante con esto aún no se ha
dicho nada sobre el fenómeno o la cuestión a la
cual se refiere la palabra. El significado y la relevancia de
esta cuestión se puede explicar desde dos perspectivas,
primero en el contexto de la moral, y luego en el contexto de
la vida buena individual.
En la filosofía moral alemana, influenciada principalmente
por Kant, la orientación se ha dado sobre todo hacia la
pregunta por la rectitud de las acciones morales y la fundamentación
de las normas. La pregunta por la persona que actúa y por
la cimentación de la moral en su carácter, ha sido
poco tenida en cuenta, porque Kant quería deducir la moral
de la razón pura y precisamente no de la naturaleza empírica
del hombre. Esto es comprensible, si uno está interesado
en una fundamentación coactiva de la moral. Sin embargo,
ya Schopenhauer había indicado en contra de Kant que, como
todas las acciones, también las acciones morales tienen
que poder ser aclaradas desde la naturaleza empírica de
la persona y que se ha de explicar por lo menos la posibilidad
de las acciones que proceden de una verdadera motivación
moral.
Schopenhauer presentó la compasión como el verdadero
motivo de la moral, en la que el bienestar de otras personas (o
también de animales) me mueve directamente a actuar, tanto
como en general me mueve mi propio bienestar. En contra de esto
se dice a menudo, que la compasión es un sentimiento natural
y como todo afecto de este tipo es voluble. ¿Quién
puede estar realmente seguro de que sentirá compasión
frente a la desgracia de una persona odiada y no por el contrario
alegría por el mal ajeno? Un sentimiento natural común
no basta entonces para garantizar la fijación de la moral
en la persona que actúa. Si realmente las normas morales
tienen que determinar la vida en común en la sociedad,
entonces las personas tienen que desarrollar disposiciones de
carácter pertinentes, por cuya razón sigan las normas.
Sin embargo, esto tampoco es aún suficiente, si queremos
tener una verdadera comunidad moral. La disposición de
carácter podría estar dispuesta de modo tal, que
la persona realice acciones que si bien exteriormente son conformes
a las normas morales, son realizadas no obstante por razones secundarias,
como por ejemplo para evitar castigos, desaprobación o
sentimientos de culpa. Contrario a esto uno se imaginaría
una verdadera sociedad moral de modo tal que sus miembros se identifiquen
con las normas, las sigan comprendiéndolas y así
afirmen las cualidades de carácter apropiadas.
Hasta ahora hemos contemplado una posibilidad de localizar el
concepto de virtud. En el contexto de la filosofía moral,
las virtudes son disposiciones del buen comportamiento, aunque
lo que aquí se entiende por "bueno" es determinado
por las normas sociales. Visto así, las virtudes serían
un fenómeno importante psicológica- y socialmente,
pero no especialmente interesante para la teoría moral.
Esto último, por qué las virtudes sólo serían
entonces definidas con relación a normas y las preguntas,
qué es moralmente correcto y qué disposiciones de
carácter son virtudes, remitirían a la pregunta
por la fundamentación de las respectivas normas.
Pero, tal vez el fenómeno de la virtud no ha sido con
esto aún suficientemente caracterizado. Como ya se dijo,
las normas pueden ser algo externo a la persona. Esto también
es válido allí donde las normas están fundamentadas.
Pues el tipo de fundamentación que aplicamos a las normas
muestra, que la norma moralmente correcta es buena para la regulación
de la vida en común. De acuerdo con las tres preguntas
antes distinguidas, en la fundamentación de las normas
se trata de la fundamentación de un punto de vista moral
de contenido, de una concepción sustancial de la moral.
Es necesario distinguir de esto la tercera de las preguntas antes
nombradas, a saber, la pregunta por la motivación. Si una
norma está fundamentada de modo tal que es implicada en
una concepción apropiada de la moral aceptada por la sociedad,
no es por ello todavía algo que el individuo quiera observar
en el contexto de las razones de su propia vida buena. Esta pregunta
también puede ser entendida como una pregunta por las razones,
pero lo que se está buscando ahora son razones que motiven,
razones para que el individuo en el marco de su vida se atenga
a las normas correctas en su contenido.
Además de esto está el hecho de que las virtudes
se pueden extender a campos de la acción que se sustraen
a la imposición mediante normas formuladas explícitamente.
Este es el caso por ejemplo de las virtudes de la amabilidad o
el agradecimiento. La filosofía antigua acepta además
virtudes que no tienen que ver con el carácter moral sino
que pertenecen al intelecto, como por ejemplo la capacidad de
juicio moral de la persona.
La filosofía antigua localiza el fenómeno de las
virtudes de una manera muy distinta, no lo introduce en correspondencia
con las normas sociales, sino de modo tal que precisamente el
individuo, en la búsqueda de su propia felicidad, necesita
tales disposiciones de carácter como las representan las
virtudes. El concepto antiguo de la virtud no se limita al contexto
moral y sólo cuando ganemos claridad sobre este contexto
más amplio del fenómeno, podrá ser claro,
que por más desacreditada que esté la palabra "virtud",
este fenómeno juega un papel central y que ni se puede
renunciar a él, ni es superfluo. Además será
entonces claro, cómo se debe entender la pregunta sobre
qué virtudes necesitamos y cómo puede ser respondida.
En la conceptualidad filosófica, la palabra "virtud"
es equivalente a la palabra griega areté. Esta palabra
es difícil de traducir, pertenece a agathos, "útil",
"bueno" y se deja introducir primeramente en un contexto
funcional, que es relativo a la finalidad de una clase de cosas.
Por ejemplo, los cuchillos existen para cortar, tienen la función
de cortar y un buen cuchillo posee la areté específica
para esa clase de cosas, es bueno, útil para cortar, se
puede cortar bien con él.
Si la virtud en el sentido de la areté es el "ser-bueno"
de algo, de tal modo que cumple bien su función, ¿en
qué consiste entonces la areté del hombre? Esto
es fácil de responder para los griegos en el periodo arcaico,
en el cual está determinada una clara finalidad de la vida
humana, la heroicidad. Bueno con relación a esta tarea,
es aquél que posea la cualidad de carácter de la
valentía y de este modo, sería entonces esta la
virtud decisiva. Más tarde, en la fase de la polis, pierde
este ideal su validez y es reemplazado por la idea, de que el
individuo tiene una función dentro de la totalidad de la
ciudad-estado. Conforme a esto virtudes de carácter como
la moderación y la justicia pasaron a un primer plano.
Pero aquí chocamos con un problema que Sócrates
siempre resalta en los diálogos tempranos de Platón.
El orden existente de la polis no es el óptimo y si la
areté humana es determinada en este orden, como el cumplir
bien una tarea, entonces se trata de un bien humano relativo a
esta, pero no del verdadero bien humano. El verdadero bien humano
tendría que ser definido con relación a un buen
orden. Este buen orden, como dice Sócrates, no es el orden
fáctico, sino el "divino", si bien "divino"
significa simplemente lo mismo que "verdadero" o "correcto".
Como seres humanos no conocemos por completo, como dice Sócrates,
este orden del todo, o como tal vez lo expresaríamos nosotros:
no estamos en posesión de una utopía social completamente
articulada, de la que se puedan inferir directivas concretas para
la pregunta por las buenas acciones individuales. ¿Es posible
entonces hablar de una tarea humana en general y determinar las
virtudes con relación a ella?
Si el buen todo y nuestra posición en él no se
pueden conocer, es natural decir, que nosotros en tanto seres
humanos no tenemos una tarea externa, sino una función
interna, que consiste en realizar la propia vida. El objetivo
de esta realización, en ello está de acuerdo toda
la filosofía griega, es la vida buena, la felicidad. La
areté, la virtud, es según esta concepción,
aquello que nos capacita para realizar bien la propia vida y vivir
felices. En esta consideración son también incorporadas
las virtudes morales. Ellas son, según la filosofía
antigua, necesarias para vivir una vida feliz.
2. Las virtudes de la felicidad.
Aristóteles determina nuestra función interna preguntando
por aquellas capacidades específicamente humanas, que nos
diferencian de plantas y animales. Él divide estas capacidades
en dos grandes partes: de un lado, las capacidades intelectuales
y del otro, la llamada facultad apetitiva, a la cual pertenecen
la afectividad y el querer. Quien posee las capacidades intelectuales
en grado alto y las practica bien, muestra las virtudes de la
facultad de la razón. Estas se dividen por su parte en
teóricas y prácticas. La virtud práctica
de la razón, la llamada phronesis, tiene la propiedad de
no presentarse sin las virtudes de la facultad apetitiva. Por
el contrario, las virtudes de la facultad apetitiva no existen
en un sentido pleno sin la phronesis; no obstante, deben ser ejercitados
desde la niñez. Antes de la formación de la propia
capacidad de reflexionar deben existir estadios previos de ellas,
para que las virtudes puedan ser conseguidas en un sentido pleno
unidas con la virtud de la razón.
Aristóteles parte del presupuesto de que tenemos capacidades
naturales para experimentar sentimientos o afectos. Estos afectos
reaccionan en una forma dominada por el placer o el desagrado
respectivamente, a determinadas situaciones con las que somos
confrontados desde afuera. Así, el afecto del temor reacciona
a situaciones de peligro, el afecto de la ira a situaciones de
ofensa, y ello de modo tal, que el sentimiento está acompañado
por el impulso o deseo de actuar, en el caso de la ira, el impulso
de venganza, en el caso del temor, el deseo de huir. Así
como son variadas las situaciones en las que nos encontramos,
así también son variadas las respuestas de los afectos;
éstas son además por naturaleza en parte fuertes,
en parte débiles.
Según Aristóteles, los hombres son educados ya
en la niñez, cuando aún no pueden reflexionar sobre
su vida, de forma tal, que sienten placer o desagrado por los
objetos "correctos", en la medida en que por ejemplo
el temor es reprobado y el valor alabado. De este modo se origina
una disposición permanente (hexis) a reaccionar de esta
u otra forma a situaciones de este o este tipo. La buena disposición,
en el ejemplo, la valentía, es la areté o virtud.
Ella es respectivamente el término medio entre dos disposiciones
malas, en este caso, la temeridad y la cobardía. Este discurso
sobre el término medio tiene un cierto sentido cuantitativo
en lo que respecta a los afectos. En relación con la acción
es sólo metafórico y remite a la complementación
mediante la razón; la acción que corresponde al
término medio es aquella que sigue al orthos logos, que
es correcta conforme con la reflexión práctica.
Y ella es ahora no sólo correcta, sino al mismo tiempo
motivada, porque la persona que actúa por medio de la debida
habituación del placer y el desagrado, experimenta placer
en la acción correcta.
Lo que resulta extraño de esta concepción para nuestro
ideal actual de individuo autónomo, es que en la primera
etapa el educador determina cuáles son las disposiciones
de carácter que los niños deben desarrollar. ¿Y
cómo sabe el educador, cuáles son las cualidades
apropiadas del carácter a las que deben ser acostumbrados
los niños? Sócrates fue acusado y juzgado por algunos
conciudadanos con el cargo de causar la perdición de la
juventud. En contra de esto, hace Platón siempre decir
a su Sócrates, que precisamente él conoce y enseña
la verdadera virtud humana. ¿Pero cómo se puede
decidir si es Sócrates quien tiene razón o sus oponentes,
sobre todo cuando la conocida comprensión de Sócrates
de su propio no-saber se refiere precisamente a este contexto?
Los adversarios de Sócrates, los oradores y sofistas abogaban
no tanto por otras virtudes (en cuanto al contenido), como por
una vida que se adecuara ad hoc a las exigencias del día.
Y ¿no es de hecho más propio de una persona reflexiva,
pensar siempre en cada situación qué es lo mejor,
en vez de decidirse por causa de un carácter fijo?
Empecemos por la última pregunta. En efecto la ética
moderna, en especial la tradición kantiana, ha destacado
unilateralmente la capacidad racional del hombre. Pero si circunscribimos,
como se ha explicado, el concepto de virtud en un contexto más
amplio, entonces la reflexión racional tiene como último
punto de referencia, aquello que para cada persona es una vida
buena en su totalidad. Para encontrar esa vida buena tenemos que
tener en cuenta todos los aspectos de nuestra dotación.
Como organismos empíricos somos, lo queramos o no, seres
con cualidades causales. El acostumbrarse a formas de comportamiento
en la niñez, así como la repetición de modelos
de acción en la vida posterior, se transforman en disposiciones.
El ideal liberal de una educación para la razón
o autonomía propia, que deje a la decisión posterior
del individuo adulto los valores (de contenido), es en lo que
a esto respecta, ilusorio, porque las disposiciones de carácter,
que determinan tanto reacciones como metas, se fijan ya inevitablemente
en una edad prerreflexiva.
Pero Aristóteles es también de la opinión,
de que las virtudes de carácter en un sentido íntegro
solamente pueden existir, allí donde estas se unen en los
adultos con las virtudes intelectuales de la capacidad práctica
de juzgar. Sin embargo, según Aristóteles, sólo
está capacitado para la correcta reflexión práctica,
aquél que ya desde antes ha adquirido el carácter
adecuado. La orientación hacia la vida buena radica en
los deseos de la persona, que proceden de su carácter.
La reflexión práctica se refiere únicamente
a cómo deben ser articulados estos deseos en las situaciones
concretas, para que sean parte integrante de la vida buena. También
Platón muestra siempre en sus diálogos socráticos,
cómo las personas a las que les falta la correcta formación
del carácter, no están en condición de obedecer
al examen racional de sus opiniones prácticas. Pero esto
significa, que los hombres sólo desarrollan entonces su
vida de acuerdo con la íntegra areté humana, cuando
están dispuestos en la totalidad de su personalidad de
manera tal que obedecen a la razón en todo lo que hacen
durante toda su vida. Y según Platón es precisamente
este ser-racional que constituye la vida buena o feliz.
Tal idea de la felicidad tal vez no nos resulte precisamente
atractiva. ¿Acaso no pertenece también a la felicidad
que uno a veces se aventure a experiencias que no son compatibles
con la tranquila vida de la razón? ¿O que uno contra
toda razón se aferre a un sueño que le significa
mucho? Para entender el punto de vista griego, tiene que aclararse
que el concepto de felicidad, de Eudaimonia, tenía para
ellos un sentido más fuerte que nuestro concepto de felicidad.
Con ello se pregunta por una vida buena desde todo punto de vista,
íntegra y general, la cual se busca como contraproyecto
de la inestabilidad. El sentimiento griego de la vida está
profundamente acuñado por la experiencia de que estamos
expuestos, en tanto seres humanos, externamente al cambio de condiciones
favorables y desfavorables, e internamente, al ir y venir de los
propios afectos. Las condiciones desfavorables y los afectos de
desagrado disminuyen la felicidad, y por lo tanto, y esta es la
reflexión que subyace a esta idea, sólo podemos
vivir completamente felices si encontramos una forma de vida,
que nos haga independientes de esta variabilidad. La vida de la
virtud ofrece justamente tal posibilidad: nos capacita para actuar
según la reflexión y para tener así una distancia
reflexiva de la propia afectividad; y esto es algo, que depende
de nosotros mismos y nos hace independientes del cambio exterior.
Esta podría ser más o menos la motivación
que se encuentra detrás del ideal de la vida de la virtud
entendida como la vida feliz.
No obstante, Platón sabe que este ideal de vida tiene
carencias. En primer lugar, la capacidad de racionalidad práctica
continúa siendo una capacidad humana y con ello la vida
correspondiente es propensa al error. El ejercicio de las virtudes
en la realidad exige además, como lo resalta Aristóteles,
la existencia de condiciones adecuadas (por ejemplo la generosidad
sólo la puede practicar aquél que dispone de los
bienes correspondientes). Finalmente, esta propuesta deforma la
idea cotidiana de la felicidad, para la cual desempeña
una función junto al ser-bueno de la persona, también
su felicidad externa. Este punto es claramente observado por Aristóteles:
no correspondería a la comprensión habitual de la
felicidad, que se afirmase que Príamo, después de
haber perdido a todos sus hijos, pero cargando su destino en la
forma de la areté, es completamente feliz. Por medio de
esta observación Aristóteles se ve motivado a introducir
un segundo concepto más fuerte de la felicidad. Príamo
puede ser eudaimon (feliz), pero makarios, completamente feliz,
sólo lo sería, si las circunstancias externas también
lo fueran.
La distinción exclusiva de la vida de acuerdo con la virtud
puede ser por lo tanto considerada como unilateralidad, que sirve
a la superación de la inestabilidad en la vida. Si prescindimos
de esta unilateralidad, entonces la vida buena puede contener
otras cosas. La recomendación antigua de las virtudes conserva
sin embargo alguna plausibilidad, si tenemos presente que somos
seres, que en su dotación material poseemos afectos e impulsos
y, al fin y al cabo, disposiciones causales y capacidades; esto
es, si tenemos presente que somos seres que simultáneamente
con ayuda de la razón vamos más allá de las
situaciones y podemos preguntar por la vida buena para nosotros
en general. El interés en una organización homogénea
de la dotación material es por lo menos natural. Ciertamente
uno no tiene que hacer esta pregunta global, sino que también
puede vivir de modo tal, que tenga diferentes concepciones para
diferentes ámbitos y periodos de vida. Pero, debido a que
la capacidad de reflexión afecta estas partes, debido a
que nuestros diferentes deseos entran en conflicto y pueden exigir
así una ponderación superior, debido a que no podemos
alcanzar en un tiempo limitado de vida todas las metas, sino que
tenemos que elegir, entonces hay algo que habla a favor del esforzarse
por la formación de una personalidad homogénea.
La observación que hace Aristóteles, a saber, que
algún día podemos llegar a arrepentirnos de acciones
pasadas y sentirnos por lo tanto desgarrados y desunidos con nosotros
mismos, parece ser todavía comprensible, como lo muestra
por ejemplo la idea de la identidad personal.
3. Virtudes morales
En tanto se ha mostrado la virtud como algo útil, esta
no pertenece a la teoría moral, sino al contexto de la
vida buena. Junto a la capacidad racional uno podría nombrar
especialmente dos de las virtudes clásicas del carácter,
la valentía y la moderación, las cuales se pueden
clasificar aquí con relación a ambos lados de nuestra
dotación material, los afectos y los impulsos. La valentía
ha de entenderse en este punto en un sentido amplio como perseverancia
o capacidad de resistencia, es decir, como aquella disposición
del carácter, que nos permite perseverar en metas a largo
plazo, incluso allí, donde se presente en contra un desagrado
momentáneo. De otro lado, la moderación sería
el correctivo de los anhelos y los deseos; ella aseguraría
que solamente persigamos aquellos deseos que son aprobados por
la reflexión.
En realidad uno podría decir, que hemos llegado aquí
a una rehabilitación de las sospechosas virtudes formales,
pues la resistencia y la moderación no están unidas
a determinadas metas o deseos, sino que se refieren a la relación
con metas y anhelos en general. Estas dos virtudes son menos problemáticas
que las virtudes formales mencionadas antes, que tienen el sabor
de la dependencia y la exterioridad. Pues de lo que ahora se trata
es de disposiciones del carácter, que son importantes para
la persona misma en el contexto de su orientación hacia
una vida buena en su totalidad. Si reemplazamos la virtud secundaria
de la disciplina por la capacidad de perseverar en las propias
metas, y si reemplazamos la obediencia a los superiores o mayores
por la actitud, en la cual los propios afectos y deseos atienden
a la razón, entonces ganamos virtudes, cuya posesión
y ejercicio tiene un sentido bueno para la persona.
¿Es posible mostrar también algo parecido para
las virtudes morales? Platón y Aristóteles intentan
demostrar de esta manera que la moralidad es para el individuo
una parte esencial de su felicidad. Así, explica Platón,
quien es moderado en su personalidad, hace lo correcto frente
a los demás, y dispone entonces también de la virtud
de la justicia. Platón no da sin embargo, una explicación
exacta de esta transición. Igualmente, Aristóteles
hace un paralelo entre las virtudes morales y las virtudes de
la felicidad. El argumento para esto último es, que su
posesión asegura la unidad de la persona que tiene sus
afectos en la medida adecuada y puede relacionarse con ellos guiada
por la razón.
Pero, si consideramos una virtud moral como la filantropía,
no se trata entonces de tener el afecto de la amabilidad en la
medida adecuada, ni mucho, ni muy poco. Lo decisivo en la virtud
moral no es la medida adecuada en el caso particular, sino la
universalidad, esto es, una actitud, debido a la cual se sienta
simpatía hacia todos los seres humanos. Por consiguiente,
en las virtudes morales se trata manifiestamente de normas generales
internalizadas. ¿Es entonces, para retomar las preguntas
del comienzo, la alocución a las virtudes morales secundaria
o incluso superflua con relación a la alocución
a las normas sociales generales, y cómo se relaciona la
fundamentación de la norma correspondiente con las razones
que pueden motivar al individuo a apropiarse la norma bajo la
forma de una virtud?
Un argumento común a favor, según el cual las virtudes
morales no se dejan reducir a normas, es que algunas virtudes
como la gratitud o la amabilidad, se pueden manifestar en acción
de diferentes maneras y que no implican una clara norma del tipo
"siempre que se presente esta y esta situación, haz
esto y esto". Pero, tal vez ello valga en rigor para todas
las normas. Incluso una norma lingüística formulada
de un modo simple como "no debes mentir", es solamente
una regla aproximada de acción, cuyo cumplimiento tiene
que ser sopesado en situaciones difíciles, como por ejemplo
cuando existe un conflicto con otra norma. Por el contrario, también
se puede expresar una norma como "se debe ser amable con
todos los seres humanos", aun cuando esta norma no contiene
ninguna indicación clara y concreta de acción.
El contenido normativo es entonces el mismo ya sea formulado
en una regla general de acción o internalizado en una virtud.
La diferencia radica en el acceso a este contenido. Pues, naturalmente,
es algo distinto, si algo es exigido bajo la forma de una norma
o es querido por una persona como parte de su carácter.
A la virtud moral de la persona pertenece, como lo ha resaltado
Aristóteles, la identificación motivacional, la
capacidad práctica del juicio, la sensibilidad de la evaluación
de situaciones, y ello es algo, que sólo pueden tener personas
con virtudes y que no se puede dar separadamente. En la medida
en que sólo hablemos de normas sociales y de individuos
que son confrontados con estas normas y las pueden cumplir o no,
sería a lo sumo imaginable una aplicación mecánica
de las normas. El fenómeno, de que los actores cumplan
una norma por impulso propio y valoren situaciones morales concretas
apropiada y sensiblemente, no podría hacerse comprensible.
¿Pero por qué deberían las personas en general
afirmar y querer conservar las virtudes morales, tan pronto como
se dan cuenta de que estas implican normas sociales, esto es,
exigencias de restringir los deseos propios? El argumento de Platón
según el cual, quien tiene las virtudes de la vida buena,
tiene también las virtudes morales, tiene más o
menos el siguiente significado: quien es moderado y persigue sus
metas, es uno consigo mismo y está bien dispuesto en su
propia personalidad. Un hombre así quiere vivir también
en una sociedad que esté en una buena condición;
este estar-bien-dispuesto del contexto social es también
una condición para la felicidad de la vida individual.
Por consiguiente el individuo debería intentar ordenar
bien la sociedad en su totalidad. No obstante, él no tiene
el poder para ello, y por lo tanto, tiene que comenzar desde abajo,
a saber, siendo él mismo bueno y quizás moviendo
a los hombres de su entorno inmediato hacia lo bueno. Aun cuando
no hay garantía de que el propio actuar justo produzca
justicia en los demás, quien actúa injustamente
trae de hecho al mundo un pedazo más de injusticia y reduce
así las propias condiciones de felicidad.
Este argumento se basa en el ideal clásico de armonía.
¿Podría salvarse sin él un argumento parecido?
Una posible reflexión sería la siguiente: a la propia
vida buena pertenece también lo que a los otros les vaya
bien, pues el saber del dolor de los demás puede afectarnos
y reducir nuestra propia felicidad. En consecuencia, debemos querer
la existencia de la moralidad, para que se impida el dolor evitable,
producido por los hombres mismos. Aun si la moralidad de un individuo
sólo no contribuye mucho a ello, hay no obstante en esta
reflexión la idea, de que la persona debería afirmar
el ser-moral y considerarlo como una cualidad deseable de las
personas, esto es, que la persona debería tener una razón
para querer las virtudes morales como una parte esencial de su
propio ser-persona.
El paso radical (hacia el cual me inclino actualmente) sería
ver la pregunta por la motivación moral como absurda y
excluirla. Esta pregunta sólo se plantea aparte cuando
separamos de la totalidad de los fenómenos morales la pregunta
por el sistema de normas correcto, por una concepción correcta
de acuerdo al contenido. Si fundamentamos aisladamente tal sistema,
se plantea entonces posteriormente la pregunta, porque debería
uno orientarse en la acción hacia él. Si por el
contrario, consideramos que nosotros, cuando se nos llama la atención
sobre esta pregunta de contenido, estamos ya al interior de una
red de dependencias sociales, de expectativas, de cooperaciones
etc., que ya hemos internalizado las virtudes morales correspondientes;
sólo se plantea entonces la pregunta por la fundamentación.
Como bien lo presenta Platón en sus primeros diálogos,
aquellos que niegan verbalmente toda moral y las virtudes morales,
no son consistentes con esta negación a la hora de la evaluación
de sus opiniones y actitudes. Si entonces debería decirse,
que las virtudes morales son también condición de
la felicidad individual, debido a que están ancladas esencialmente
en la estructura de vida del individuo, o si es más claro
decir, que junto a la búsqueda de la propia felicidad hay
otros ámbitos fundamentales de la vida humana, es algo
que deseo dejar para una ulterior tematización.
El artículo fue publicado con el
título "Tugend und Glück. Was Platon und Aristoteles
lehren", en R. Stäblein, ed., Glück und Gerechtigkeit.
Moral am Ende des 20. Jahrhunderts, Frankfurt a. M. (Insel Verlag)
1999, 27-40.