Cataclismo en Europa: ¿estímulo o paralización?
EL PAÍS - Opinión - 09-06-2005
Con una elevada participación electoral, dos de los seis
países fundadores han expresado un abrumador no democrático
al primer borrador constitucional europeo -se ha producido un
auténtico cataclismo, el peor de los casos imaginable-
y Jean-Claude Juncker lo comenta con estas sabias palabras: "La
Europa de hoy ya no provoca ilusión y sueños en
la gente. La gente no quiere a Europa tal y como es y por eso
rechaza esa Europa que propone la Constitución". El
diagnóstico omite una cosa: una Constitución ilegible
no puede estimular la fantasía. Y una razón por
la que el borrador es ilegible es que se atiene al inextricable
ovillo existente de tratados internacionales y no representa una
estructura transparente de normas fundamentales, como suele ser
una verdadera Constitución. Pero hay otra razón
más profunda de su ilegibilidad: falta la perspectiva que
podría facilitar el reconocimiento de la razón por
la que Europa necesita ahora una Constitución.
En vez de aprovecharse de las elecciones europeas para tratar
asuntos nacionales, habría sido mejor proponer la tan implorada
"finalité" o el porqué del proceso de
unificación como base del debate: ¿Queremos alcanzar
una Europa capaz de actuar a nivel político hacia dentro
y fuera? ¿O acaso los acuerdos intergubernamentales bastan
para eliminar los frenos que obstaculizan una competencia que
mejore las condiciones de crecimiento en un mercado unificado?
¿Profundización o ampliación sin profundización?
¿Debe Europa reunir fuerzas para ejercer su influencia
sobre el régimen económico internacional o va a
dejar que se le escapen las numerosas opciones que hay entre un
Estado de bienestar burocrático y un radicalismo competitivo,
al dejarse llevar por la corriente de una globalización
no regulada?
Ciertamente una Constitución debe ofrecer sólo
el marco institucional en el que se pueda discutir acerca de alternativas
políticas. ¿Acaso se puede mezclar el mismo proceso
constituyente con el debate sobre temas políticos concretos?
Las constituciones supranacionales hoy ya no nacen de un acto
revolucionario o de la noche a la mañana, como sus modelos
clásicos, se crean a lo largo de décadas. Por suerte,
los ciudadanos viven ya en Estados que garantizan las libertades
fundamentales. Por tanto, lo esencial del proceso no es impulsado
por los ciudadanos, sino por Gobiernos electos. Mientras que todos
sacaban provecho, los ciudadanos estaban contentos. Durante mucho
tiempo el proyecto pudo obtener la legitimación gracias
a sus propios resultados. Pero en tiempos de cambios económicos
a escala mundial se avecinan conflictos de reparto en la Europa
compleja de los 25 en la que este tipo de legitimación
por resultados ya no basta. Ahora los ciudadanos quieren saber
adónde va a llevar este proyecto que influye a diario en
su vida. La unificación europea, si pretende obtener el
apoyo de los ciudadanos, tiene que ir de la mano de una perspectiva
política.
El fracaso de los referendos ha servido de detonante para el
debate acerca de esta perspectiva. Seguramente los políticos
no han sabido definir el sujeto del debate claramente y a tiempo.
No querían poner en peligro la solución burocrática
de un acuerdo desde arriba, mucho más cómoda, por
culpa de un tema controvertido. El terreno europeo ya está
seriamente minado por los intereses contrapuestos de los países
miembros más ricos y más pobres, los más
grandes y los más pequeños, los más antiguos
y los más nuevos. También los mitos de las historias
nacionales contrapuestas han dejado sus profundas huellas. Los
políticos tuvieron sus razones para rehuir el debate público
acerca del objetivo de la construcción europea. Ahora sus
bases electorales les devuelven la basura que durante años
les han estado barriendo debajo de sus alfombras y, como muestra
de terca protesta, se la han colocado amontonada delante de su
portal.
La alegría sobre el triunfo, ya sea expresa o inconfesada,
sobre las consecuencias que se esperaban del no, dice más
sobre el debate que se ha eludido que los sentimientos ambivalentes
y las variadas razones de los propios votantes del no. Después
de conocerse el resultado de las elecciones en Francia, en Holanda
los seguidores xenófobos de Fortuyn unieron sus voces a
los del líder neoconservador de Washington, Bill Kris-tol,
para gritar maliciosamente "Vive la France". Unos ahora
buscan aislarse en la burbuja de sus formas de vida nacionales,
mientras otros se alegran por el derrumbamiento de la resistencia
de la antigua Europa contra la expansión impulsada dinámicamente
de los mercados globalizados y de las libres elecciones. Se trata
de oscilaciones extremas del péndulo. Pero no son los extremis-tas
los únicos que están satisfechos con el resultado
de los referendos. Los defensores del Estado-nación o nacionalistas
lo están por razones equivocadas, los defensores del mercado
liberal, por razones correctas.
Muchos temen que prosiga la transferencia de derechos de soberanía
al ámbito europeo. Lanzan la consigna de que los Estados
Unidos de Europa no pueden existir, ya que no ven que haya un
"pueblo europeo". Los soberanistas creen que el tipo
de solidaridad que un Estado constitucional realmente exige de
sus ciudadanos sólo puede existir en la forma tradicional
de una conciencia nacional fuertemente unida. Mantienen la confianza
ilusoria en la viabilidad de un Estado-nación que hace
tiempo que tuvo que renunciar a recaudar impuestos de sus empresas
más rentables. En contraste con ello, parece más
realista la satisfacción furtiva de los liberales de mercado,
cuyo máximo temor lo constituyen las intervenciones del
poder estatal que limitan el desarrollo del capitalismo.
La Constitución habría aumentado la capacidad de
acción política de las instituciones europeas y
habría sometido a éstas a un mayor compromiso de
legitimación. Desde un punto de vista neoliberal, lo uno
sólo lleva a decisiones equivocadas, mientras que lo otro
perturba el mecanismo de los mercados autorregulados. El ejercicio
de las libertades fundamentales en el ámbito económico,
la creación del Mercado Común, del Pacto de Estabilidad
y de la Unión Monetaria significa haber alcanzado el objetivo
deseado. Del resto ya se ocupan el comisario de la Competencia
en Bruselas y los jueces del Tribunal Europeo. Los neoliberales
pueden vivir muy contentos con los Tratados de Niza.
Tony Blair suspende el proceso de ratificación y los demás
también lo harán. El estigma del fracaso no corresponderá
a Gran Bretaña -como cabía esperar-, sino a Francia.
Blair, que en julio va a ocupar la presidencia, puede contar con
que las reservas británicas ante la integración
europea próximamente van a encontrar apoyopor parte del
Gobierno francés y del alemán. Después del
fin del Gabinete de Villepin, Nicolas Sarkozy cambiará
su rumbo hacia la vía anglosajona. ¿Y cabe esperar
otra cosa de Angela Merkel?
En Berlín nos han colado a un presidente partidario del
liberalismo económico, en Bruselas, a un presidente de
la Comisión desvaído y de poco carácter.
El populismo de Merkel en el tema de la adhesión de Turquía
tampoco la muestra como una europeísta ferviente. No se
puede olvidar su actuación en aquel ritual embarazoso de
sumisión al Gobierno belicista en Washington. Se puede
entender el repentino interés hacia Europa por parte de
los halcones republicanos como Newt Gingrich, pues el escenario
más probable es que nuestro continente, unido económicamente,
pero desmoronándose como unidad política, pierda
su rumbo y vaya viéndose atraído hacia la esfera
social y política de la potencia hegemónica.
El desarrollo previsible seguramente es una bofetada en el rostro
de los electores. Su protesta iba dirigida hacia la totalidad
de la clase política. En ella se manifiesta el impulso
democrático de detener un proceso que pasa por encima de
los electores ignorándolos, o al menos interrumpirlo por
un instante. Las expresiones democráticas de los recientes
referendos no se pueden dejar de lado mostrando arrogancia, y
mucho menos considerarlas como una patología. Igualmente
fuera de lugar está la negación global de la oportunidad
de los plebiscitos. Éstos son un elemento corrector de
carácter curativo e incluso necesario para un Poder Ejecutivo
anquilosado que tiende a paralizar la interacción entre
Gobierno y oposición. Cuando los electores se sintieron
sin representación adecuada, tuvieron una buena razón
para oponerse al régimen carente de oposición en
Bruselas.
Cualesquiera que hayan sido los motivos, ¿lo que los ciudadanos
querían alcanzar con su no era tan irrazonable? En cualquier
caso, si se toma al pie de la letra la explicación de los
noes socialistas franceses, los votos de una mayoría de
los electores no iban dirigidos contra la continuación
del proceso de construcción europea. En definitiva, el
voto significa un "así no". El "¿entonces
cómo?" es una pregunta que no se puede responder mediante
un plebiscito.
Una profundización de la Unión Europea con el objetivo
de la estabilización y suavización de los efectos
de la política de la Unión Monetaria mediante una
armonización sucesiva de la política fiscal, social
y económica de los países miembros ofrece la perspectiva
de recobrar en ese ámbito la capacidad de actuación
que los Estados-nación habían perdido. También
en el mundo occidental, que inició la modernización
capitalista y que sigue dándole impulso, tiene que haber
espacio para varios modelos de sociedad. Si hay algo que se puede
interpretar con certeza del voto electoral, es el siguiente mensaje:
no todas las naciones occidentales están dispuestas a asumir
en sus países y a nivel mundial los costes culturales y
sociales de la pérdida de un equilibrio de bienestar que
los neoliberales les están proponiendo como precio para
lograr un aumento del bienestar más rápido.
No obstante, un mero proteccionismo europeo se queda corto. El
desarrollo de la capacidad de actuación legitimada democráticamente
de nuestras instituciones en Bruselas y en Estrasburgo tiene que
combinarse con el objetivo de acentuar visiones cosmopolitas para
establecer otro orden internacional. También tenemos que
tener valor para hacer frente a la perspectiva de contribuir a
hacer de las promesas eufemísticas de una "gobernanza
global" una política interior bien estructurada a
nivel mundial.
Quien pretenda ver en esta agenda, que de nuevo deja a las personas
"soñar con Europa", una actitud antiamericana,
ha perdido el contacto con nuestros amigos americanos. Mis amigos
no se sienten representados por Bill Kristol y Newt Gingrich.
Están desesperados al ver una Unión Europea que
está a punto de firmar su propia liquidación. No
tenemos más remedio que emitir nuestra opinión acerca
de este choque cultural que hoy divide en dos a América,
la azul y la roja. Y tampoco nos conviene cerrar los ojos ante
ello.
La combinación del proceso constituyente con una cierta
perspectiva política no significa prede-terminar una policy,
una línea política anclada en la misma Constitución.
Por el contrario, una pro-fundización de la Unión
Política llevaría a superar el estancamiento de
los acuerdos intergubernamentales tomados unánimemente
y devolverles a los ciudadanos europeos voz y voto. Sería
entonces cuando se crearían nuevos espacios para la competencia
abierta en cuanto al rumbo político fundamental de la Unión.
Hoy la UE se está paralizando por el conflicto pendiente
y no solucionado entre objetivos incompatibles. Las instituciones
europeas tienen que internalizar y liberar simultáneamente
este debate hacia el exterior para que se encuentren soluciones
productivas.
El procedimiento para esta alternativa a la fuerza natural de
las circunstancias existentes está previsto en los artículos
43 y 44 del Tratado de Niza. Según éste, algunos
miembros fundadores podrían tomar la iniciativa para saber
si los Estados que integran la Unión Monetaria estarían
a favor de una "cooperación reforzada". Las reglas
de este tipo de cooperación podrían mostrarle el
camino a una futura Constitución. Las normas vigentes para
una cooperación más estrecha de al menos ocho Estados
miembros son menos restrictivas que las correspondientes reglas
en el borrador constituyente. Dado que "según el artículo
43b esta práctica tiene que ser accesible para todos los
Estados", los otros Estados miembros no podrían interpretar
semejante actuación como una exclusión, sino como
un llamamiento a adoptar una postura y, en su caso, unirse a la
profundización de la Unión tan enérgicamente
iniciada. Así se podría evitar que los gobiernos
pasaran a ocuparse del orden del día y no hicieran caso
de la voluntad democrática de los ciudadanos europeos.
Las situaciones maduras para la toma de decisiones claramente
necesitan personas dispuestas a aprovechar esa oportunidad, por
pequeña que sea. Jean-Claude Juncker tendría la
categoría y la voluntad. Pero le falta el poder. Zapatero
no lleva bastante tiempo en este negocio, y de Berlusco-ni mejor
ni hablemos. Chirac y Schröder, los candidatos naturales,
están entre la espada y la pa-red en su ámbito de
política nacional respectivo. A veces de la desesperación
nace una fuerza y un valor insospechados. Schröder y Fischer
no pueden ganar las elecciones con el tema de Europa. Pero si
utilizaran la campaña electoral para manifestar una alternativa
más esperanzadora al escenario paralizante de la marcha
rutinaria y carente de rumbo actual, señalarían
un camino y su salida del poder tendría al menos un sentido.
En la historia, los grandes cambios no acaecen sin actos simbólicos,
sin señales que se convierten en una referencia para las
generaciones venideras y les dan un respaldo para su futuro.