INVESTIGACIÓN
BIOMÉDICA
Medicina regenerativa, células madre y el riesgo de la
( des) información
Emilio
Muñoz
Instituto de Filosofía, CSIC
Unidad de Investigación de Cultura Científica, CIEMAT
La medicina regenerativa es un campo de elección para poner
de relieve la confluencia y la divergencia de los intereses científicos,
médicos, sociales y políticos. Sus orígenes tienen
que ver con la potencialidad de las células madre o troncales
( “stem cells” en inglés) para suplir algún
tipo de tejido, o incluso órgano, defectuoso. Sus repercusiones
sanitarias son muy importantes puesto que permiten albergar esperanzas
para tratar enfermedades degenerativas, es decir con pérdida
de funciones celulares y que son rebeldes a los tradicionales tratamientos
con fármacos. Sin embargo, su eventual desarrollo ha tropezado,
incluso en el campo de la investigación científica, con
dificultades porque la fuente primaria, lógica, para la obtención
de células “madre” son los embriones. Esta dependencia
suponía tener que recurrir a los embriones supernumerarios, resultantes
de las técnicas de reproducción asistida o partir de blastocistos
resultantes de la técnica de reprogramación celular por
transferencia nuclear (la técnica que dio origen a la oveja Dolly).
Las dos técnicas han suscitado reacciones sociales y políticas
derivadas de posiciones éticas esencialmente religiosas, ante
el estatuto de los embriones. Eso ha determinado que la agenda de investigación
en la medicina regenerativa haya venido marcada por consideraciones
éticas y sociopolíticas. De ahí que se haya tratado
de investigar con células madre de otros orígenes, desde
el cordón umbilical hasta las células madre presentes
en todos los tejidos, pues en ellos pervive una población de
células “madre” para cubrir los procesos naturales
de regeneración tisular.
El problema con estas células “madre” adultas tiene
que ver con su potencialidad para diverger (diferenciarse) hacia tejidos
distintos a los de su propio origen. En esta búsqueda de evitar
la destrucción se han publicado trabajos, también con
impacto mediático, que buscaban la posibilidad de extraer por
punción células “madre” de los embriones sin
destruirlos o de evitar la implantación de los óvulos
reprogramados por transferencia nuclear.
Los trabajos publicados en las prestigiosas revistas norteamericanas,
Cell y Science, que describen la reversión de células
de la piel de humanos hacia células de potencialidad embrionaria
por medio de técnicas de ingeniería genética, representan
un paso científico de enorme trascendencia. Ya se había
conseguido en animales y su traslación a humanos ha sido sorprendente
por su rapidez. El avance es importante porque puede contribuir a clausurar
el debate ético sobre el uso de embriones, pero su verdadera
importancia radica en el plano científico porque afina molecularmente
el proceso de reprogramación celular.
A partir de estos resultados, se pone de manifiesto que se puede conseguir
ese proceso con un número finito y bien definido de genes. Pero
es precisamente este enorme éxito científico el que hace
suscitar dudas acerca de su eventual, y no próxima, traslación
a la clínica. A medida que avanza el conocimiento genómico,
gana fuerza la importancia de las regulaciones. También la oncología
molecular nos ha enseñado la relevancia de las interaciones entre
genes aceleradores y genes supresores de los procesos tumorales. Cabe
preguntarse, por lo tanto, si el éxito en la capacidad transformadora
de los genes utilizados en los experimentos publicados en Cell y Science
no reside precisamente en que son genes poco sujetos a regulación
y por ello potenciales generadores de tumores. No se clausura con este
hallazgo el debate de traslación entre la investigación
y la clínica, sino que abre nuevas perspectivas.
Tampoco, si hay coherencia entre los críticos a las aplicaciones
de la ingeniería genética en la naturaleza (luditas y
defensores de la conservación) y los que cuestionan la evolución
(los creacionistas), se clausuraría el debate social. Todos ellos
que han hecho invocaciones a que los científicos con estas prácticas
“juegan a ser Dios” deberían mantener vivas esas
posiciones críticas.
El necesario proceso de democratización de la ciencia no es
fácil. Por ello debemos recomendar prudencia en las informaciones
mediáticas. Los tiempos de la ciencia son mas pausados que los
que reclama la urgencia informativa. Hay que prevenir y prever antes
de lanzar mensajes que alteren los pasos hacia una cultura científica
que hemos de construir entre todos.